And if he left off dreaming about you...
Through the Looking-Glass, IV
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza.
Sospecho, no sin algo de vértigo, que hablar de Borges significa, asimismo, hablar de esa esfera inconcebible cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna: el Universo, o más en concreto -y he aquí un oxímoron inevitable- la literatura.
Hacia 1899, en una quinta de Tucumán, en Buenos Aires, nace Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo. En una casita porteña típica, con un patio y un aljibe. Pero sería en su estancia del barrio de Palermo donde el pequeño Borges desarrollaría su vocación -tal vez ineludible- por la literatura. Su abolengo inglés le llevó a aprender -probablemente antes que el español- la lengua natal de la abuela paterna Frances Haslam. Tuvo una temprana formación bilingue; a los cuatro años ya sabía leer y escribir en los dos idiomas. Heredero de la frustrada índole literaria del padre, Jorge Guillermo Borges, y de las hazañas militares del abuelo, Francisco Borges Lafinur, Jorge Luis Borges comienza, en 1906, una precoz carrera literaria con su relato cervantino La visera fatal. A los nueve años traduce al español un relato de Oscar Wilde, El príncipe feliz, publicado en el diario El País y atribuido erróneamente a su padre.
En 1914 viaja a Ginebra. Aprende el francés y pocos años después él mismo se instruye en el alemán, que aprende con la ayuda de un diccionario y la obra poética de Heine*. En España se contagia de un movimiento poético -que más tarde refutaría-: el ultraísmo. Regresa, en 1921, a la Argentina y en 1923 publica su primer libro de poemas: Fervor de Buenos Aires. Este volumen prefiguraría toda la obra posterior de Borges. La subsecuente profusión de ensayos, cuentos y poemas, así como sus éxitos internacionales, llegarían por añadidura.
Borges es, indudablemente, uno de los más grandes y emblemáticos escritores del siglo XX. Entrevera elementos dispares como la metafísica, la teología, las matemáticas, la fantasía, la mitología griega, la literatura argentina, el tiempo, los sueños, el ensayo, la semiótica, la numismática, la historia, los recuerdos de la infancia, los espejos, los laberintos, la mística, las leyendas de arrabal, los libros imaginarios, las sagas nórdicas, la lingüística, la lógica, etc., etc., etc., y los hilvana en un cuento o un poema. Nunca -gracias a los astros- incurrió en política. Nunca escribió una novela, para él era un género que obliga al relleno y también un desvarío laborioso y empobrecedor.
Schopenhauer, Carlyle, Emerson, Dante, Berkeley, Shakespeare, Cervantes, Shaw, Bloy, Kafka, Kipling, Chesterton, Stevenson, Lugones, son algunos de los demiurgos que le gustaba releer. Acaso su obra es el eco de todas esas voces. Borges prefijó su muerte en Europa; muere el 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza.
En el capítulo cuarto de Through the Looking-Glass de Lewis Carroll, Tweedledee pregunta a Alicia -aludiendo al sueño del Rey Rojo-: Y si él dejará de soñar contigo, ¿Qué crees que te pasaría? [And if he left off dreaming about you, where do you suppose you’d be?], a lo que Alicia responde que no sucedería nada, que ella seguiría allí, por supuesto. Tweedledee, alborozado, contesta: ¡Tú no estarías aquí ahora. Por qué, porque sólo eres una cosa cualquiera en su sueño! [Not you! [...] You’d be nowhere. Why, you’re only a sort of thing in his dream!]. De este diálogo maravilloso surge el epígrafe de Las Ruinas Circulares de Jorge Luis Borges. Alicia es parte del sueño del Rey Rojo, al igual que el hombre gris de Las Ruinas Circulares es parte del sueño de otro hombre; como dos espejos contrapuestos que se multiplican mutuamente, hasta el infinito.
El hombre taciturno y gris -mago- arriba, sobre una canoa de bambú, al recinto circular que preside la efigie de un tigre o un caballo de piedra. Mareado y ensangrentado, se arrastra hasta el pedestal y duerme, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Su noble y sobrenatural propósito: soñar un hombre -un hijo- e imponerlo a la realidad. A los pocos días, con lágrimas de impotencia en los ojos, Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Tras un lacónico periodo de tiempo decide recomenzar su empresa y, no sin antes premeditar algún ritual secreto, vuelve a dormir: Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía. Arteria por arteria, órgano por órgano, cabello por cabello, soñó un hombre, un mancebo; pero sin vida. Cada noche lo soñaba con los ojos cerrados... El lector descifrará con perplejidad los enigmas ulteriores del relato.
En Lubbock -comenta Borges en el prólogo del poemario El otro, el mismo (1969)-, al borde del desierto, una alta muchacha me preguntó, si al escribir El Golem, yo no había ejecutado una variación de Las ruinas circulares; le respondí que había tenido que atravesar todo el continente para recibir esa revelación, que era verdadera. El Golem, en la mitología judía, es una criatura creada a partir de alguna sustancia inanimada, generalmente barro. El hombre de sueño borgeano no es menos curioso y extraordinario que el Golem cabalístico.
Al principio de la nota dije que referir a Borges es referir también la vasta literatura. Aseveración que sostengo y que a continuación ejemplifico. Hasta ésta línea he tratado dos referencias: A través del espejo de Lewis Carroll y El Golem del judío Scholem; en Palabras y sangre del italiano Giovanni Papini se encuentra un relato, La última visita del Caballero Enfermo, en el que un hombre confiesa ser la proyección del sueño de otro hombre: No soy un hombre real. No soy un hombre como los otros, un hombre con huesos y músculos, un hombre generado por hombres. Yo soy -y quiero decirlo a pesar de que tal vez no quiera creerme- yo no soy más que la figura de un sueño. Giovanni Papini fue un escritor profundamente admirado por Borges. Para Heráclito el fuego era el inceptor del universo; el nombre del dios de piedra de Las Ruinas Circulares es Fuego. La filosofía budista profesa que todo lo que hay en el mundo es ilusorio e inherente al sueño. En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer escribe -citando a un pensador remoto- que la realidad y el sueño son páginas de un mismo libro. El filósofo irlandés George Berkeley plantea que la percepción más pura depende del estado de la mente; Kant separa el fenómeno de la cosa en sí y descree del verdadero conocimiento del objeto en tanto que éste dependa de la experiencia sensible del sujeto; Schopenhauer retoma a Kant y urde su filosofía de las representaciones, en la que un mundo sin sujeto no existe. En Las Ruinas Circulares, el hombre no es sino la representación mental de otro hombre, y éste a su vez la de otro, y así hasta lo infinito. Círculos, círculos hondos e infinitos de sueño. Puede que el mismo Borges sea un abismo interminable y se recree y se multiplique con cada lectura o relectura de Las Ruinas Circulares.
Yo me contento con saber que, como un sueño, terminaré por esfumarme.
Ficha:
Autor: Jorge Luis Borges (1899 - 1986)
Nación: Buenos Aires, Argentina
Título: Las Ruinas Circulares
Género: Cuento
Primera edición: 1940, Revista Sur
Notas:
*Hay quienes refieren que fue con Der Golem de Gustav Meyrinc.
-El lector curioso descubrirá que en casi todas las ediciones de Ficciones (1944) se atribuye el epígrafe de Las Ruinas Circulares al capítulo sexto de Through the Looking-Glass, cuando en realidad es del cuarto.
-Borges figura en mi nómina de autores predilectos.